Teatro Capranica
Autores/as
Archivos
Resumen
Una tarde de principios de marzo de 1986, estaba yo sobreviviendo a los últimos zarpazos del invierno romano y preguntándome qué hacer para festejar mi cumpleaños: ese día cumplía 32 y me sentía miserable y nostálgica. Les llamé a las dos únicas amigas mexicanas que había hecho en esos primeros meses de exilio voluntario y con las que compartía al menos dos afinidades: las tres éramos cinéfilas y un poco vagabundas. Pero ninguna de las dos estaba en condiciones de salir a festejar conmigo: una era casada y madre, le tocaba esa tarde quedarse con los niños; la otra trabajaba como acompañante de una anciana judía alemana, demandante y controladora, que a cambio le daba casa y comida, pero ese trabajo no le dejaba mucho tiempo libre. Así que me lancé a caminar por las calles del centro, en un día nublado y lluvioso que no invitaba precisamente a jubileos ni a tirar cohetes.
Al internarme en un callejón me encontré con la marquesina de un pequeño cine en la Piazza Capranica, donde ese día daban Hannah y sus hermanas de Woody Allen, y sin pensarlo dos veces compré el boleto para la siguiente función. Faltaba una hora para entrar, así que seguí deambulando y el trayecto me llevó al vestíbulo de un teatro que estaba a unos cuantos locales del cine y que, como homenaje al nombre de la plaza, se llamaba Teatro Capranica. Esa tarde estrenaban una obra de Pasolini, dirigida nada menos que por el legendario actor Vittorio Gassman. Me puse a ver los carteles y a recorrer el teatro, por matar el tiempo, sin considerar siquiera la posibilidad de comprar una entrada. El cine estaba bien para mi bolsillo de migrante sin sueldo fijo y ése era un día especial, pero un estreno teatral era otra cosa. Y en Roma eso quiere decir que los hombres llevan abrigo, guantes, saco y corbata, y las mujeres se echan encima las joyas, el vestido largo y las pieles.
Así que me dispuse a abandonar ese ambiente mullido y reluciente de alfombras y espejos, todo tapizado de rojo, pero en mi camino hacia la calle descubrí, medio escondido, el pequeño bar del teatro y a él me dirigí movida por la curiosidad. Me sedujeron su cálida penumbra y el ambiente creado por la barra de madera vetusta y sólida, las mesas y las sillas. No había un alma, o así me pareció al principio, pero desde atrás de la barra llegaba el tintineo inconfundible de los hielos cuando alguien los agita dentro de un recipiente de cristal o aluminio. Era el barman, que preparaba una bebida con mano diestra para el único parroquiano que a esa hora estaba de pie frente a él y llenaba el espacio con su silueta imponente y erguida. Se trataba de un hombre esbelto de amplia espalda, que al percibir mi presencia giró levemente la cabeza y me miró apenas por encima del hombro. Era Vittorio Gassman en persona, cómo no reconocerlo; ni en sueños imaginé encontrármelo ahí, a sólo unos metros de distancia, con ese rostro marcado por la fatiga o los rigores del tiempo, que contrastaba con su espléndida figura. Imperturbable ante mi entrada, algo en su actitud me hizo detenerme, percibir que quizá estaba interrumpiendo una especie de ritual previo al estreno, en el que el director necesitaba aislarse del barullo, echarse un trago o qué sé yo. El barman estaría acostumbrado a ser un testigo mudo al servicio de las veleidades de actrices, actores y directores que pasaban por su bar todos los días con más pena que gloria. Pero él era Gassman, la leyenda viviente del cine italiano, de mirada fiera e impecable porte, marcando claramente su distancia con el común de los mortales y pidiendo, casi ordenando, que le dieran un momento de paz y soledad antes del estreno.
Así que me di media vuelta y dejé a Gassman disfrutar de su copa en esa silenciosa ceremonia íntima, apenas interrumpida por el choque de los hielos. El único interlocutor privilegiado del gran divo era, y sólo podía ser, el anónimo barman que sólo hacía su trabajo de rutina, y para el que seguramente ese bar y sus temperamentales parroquianos no tenían ya secretos.
Pero mis planes cambiaron: me dirigí a la taquilla y compré un boleto. Vería la obra a pesar de todo. Además, actuaba el hijo de Gassman y seguro el director saldría al final de la obra a recibir los aplausos. Me las arreglaría para pasar inadvertida con mis fachas entre las pieles y los abrigos. Confiaría en que mis 32 años recién cumplidos serían suficientes para disculparme y explicar mi presencia en esa noche de estreno. La tarde de cumpleaños que se anunciaba gris, solitaria y triste, terminó transformándose en una fiesta del arte con ese doble programa de lujo.
